lunes, 20 de enero de 2014

Identifica aliteraciones

Identifica las aliteraciones que hay en los poemas que se dan a continuación:


Movióla el sitio umbroso, el manso viento,
el suave olor de aquel florido suelo.
Las aves en el fresco apartamiento
vio descansar del trabajoso vuelo.
Secaba entonces el terreno aliento
el sol subido en la mitad del cielo.
En el silencio sólo se escuchaba
un susurro de abejas que sonaba.

Estrofa 3ª, Égloga III, Garcilaso de la Vega


Mi voz fuera más dulce que el ruido de las hojas
Mecidas por las auras del oloroso abril,
Más grata que del fénix las últimas congojas,
Y más que los gorjeos del ruiseñor gentil.
Más grave y majestuosa que el eco del torrente
Que cruza del desierto la inmensa soledad,
Más grande y más solemne que sobre el mar hirviente
El ruido con que rueda la ronca tempestad.

Fragmentos de «La tempestad», José Zorrilla


Irrumpes al ras del cielo raso
con tus roncos ronquidos
idos en -Re musical.
Te agarro rampante,
y reafirmo en lo raro que resulta
rasgar tus ropas,
rasgar tus ropas como rapaz.
Y más reclamas.
Te haces rojo-marrón
cuando ruegas rabiosa por mi rabia.
Félix Rosario Ortiz


Las palabras del abandono. Las de la amargura.
Yo mismo, sí, yo y no otro.
Yo las oí. Sonaban como las demás. Daban el mismo
sonido.
Las decían los mismos labios, que hacían el mismo
movimiento.
Pero no se las podía oír igual. Porque significan:
las palabras
significan. Ay, si las palabras fuesen sólo un suave
sonido,
y cerrando los ojos se pudiese escuchar en el sueño...
Yo las oí. Y su sonido final fue como el de una
llave que se cierra.
Como un portazo.
Las oí, y quedé mudo.
Y oí los pasos que se alejaron.
Volví, y me senté. Sin sollozo.
Sereno, mientras la noche empezaba.
La noche larga. Y apoyé mi cabeza en mi mano.
Y dije...

Pero no dije nada. Moví mis labios. Suavemente,
Suavísimamente.
Y dibujé todavía
el último gesto, ése
que yo ya nunca repetiría.


Parte II, «El último amor», Vicente Aleixandre

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